Llueve en París
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París desde el taxi, 28 de mayo de 2013 |
El taxi va bordeando el Sena hasta el hotel, mientras cae una lluvia primaveral, cálida e intermitente. A través del cristal me pellizcan recuerdos lejanos cuando pasamos junto a ese puente que creí conquistado para siempre hace años. Por la ventanilla del coche se escurren gotas de agua como si fueran lágrimas gruesas y sinceras. Allá, detrás de unos árboles, al otro lado del río, se levanta imponente la Torre Eiffel. Qué tendrán esos hierros que enamoran en cuanto los ves.
Una vez subí a lo más alto. Era un día frío, pero soleado, al final de un otoño tranquilo. Vista de lejos, la Torre Eiffel es una dama majestuosa. Vista desde abajo, cuando puedes tocarla y acariciarla, no deja de ser una estructura de hierro inmensa y retorcida. Solo recupera su grandeza cuando levantas la vista y contemplas los 325 metros que hay hasta la punta de su antena. Hay que subir a lo más alto. Siempre. Y allí fui.
A unos 300 metros del suelo París parece una maqueta de juguete. Tan perfecta, tan atractiva, tan seductora... Ves la ciudad sin su icono principal, que ahora es tu epicentro, y te sigue pareciendo grandiosa, pero no es lo mismo. Algo tiene esta Torre desde donde saco las fotos, y que ahora no puedo encontrar en el paisaje porque estoy en ella, que hace de París un lugar mágico y romántico. Será porque sirve de faro y guía, porque siempre está ahí cuando los enamorados levantan la vista, o porque muestra que el tiempo pasa, pero hay cosas que permanecen para siempre y son testigos de lo mejor y lo peor del ser humano... Quizás sea por eso que cuando miramos esta mole de hierro, una, diez o cien veces, se nos encoge el corazón y se nos escapa una sonrisa de nostalgia.
París, 2004. Vista desde lo más alto de la Torre Eiffel |
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