Espíritus en Roma
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Roma, enero de 2014 |
("After Dark". Haruki Murakami)
Me planté en Roma con los ojos abiertos de par en par, con toda la curiosidad del mundo. Jamás había estado en esta ciudad, ni tampoco había pisado Italia, si no cuento la parada que hice en una estación de servicio con el autobús que me llevaba, hace ya bastantes años, desde Bucarest a Madrid.
Así que tan pronto dejé la maleta en el hotel Adriano, me lancé a la calle, bajo una lluvia insistente, que daba un tono elegante a la decadencia general del centro de la ciudad. El primer impacto fue el Panteón, un templo circular construido a comienzos del imperio romano, dedicado a todos los dioses. Sin previo aviso te hallas frente a un edificio de unos dos mil años, que te transporta en un instante a épocas remotas. Lo piensas, lo sientes y te ves como un ciudadano romano más. Como si tu espíritu saliera del cuerpo y se instalara en otro siglo lejano que pervive en alguna dimensión de Roma.
Hay que sentirlo. Existen dos Romas: la material, la que se ve, la que sobrevive al paso del tiempo y de los milenios; y otra que no se ve, pero se siente, porque es como un halo espiritual que cubre la ciudad y conserva la fuerza del imperio. Si cierras los ojos quizás escuches los sonidos de entonces, que se han quedado en las calles milenarias para siempre. Quizás notes los espíritus que tienen su propia vida en un plano diferente en el que te encuentras tú, pero que también existe, es real, y lo notas.
Sentí esos espíritus que viven en Roma varias veces. La primera, cuando me encontré ante el imponente Panteón, y sobre todo cuando entré y admiré la sobrehumana cúpula levantada de una manera que yo veía mágica. Y los sentí especialmente cuando crucé el puente que me llevaba a Via Conciliazione, y desde ahí a la Plaza de San Pedro. Era un poder interno, invisible, pero que casi podía tocarse, de lo evidente que era. Un fuerza espiritual que se notaba en el ambiente, y que te empujaba de manera irremediable al Vaticano.
Qué pequeños e insignificantes me parecieron de repente los problemillas diarios. Qué ridículos al lado de esa fuerza interior que sentía mientras cruzaba el puente, entre enormes estatuas de santos, que parecían darme la bienvenida a un nuevo mundo.
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Panteón de Roma, enero de 2014 |
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