Cinco días en Pekín

Gran Muralla china, septiembre de 2014
Imposible no sentirse insignificante cuando llegas a un país de más de 1.300 millones de personas. Solo Pekín, donde aterrizamos después de un viaje de más de 10 horas desde Amsterdam, tiene unos 20 millones de ciudadanos, es decir algo menos de la mitad de toda España. Desde aquí se ve nuestro país chiquitito, como un ratoncito al lado de este gigante león. "El día que despierte China temblará el mundo", me decían en el colegio. China despertó y no sé si el mundo tembló por ello, pero desde luego ya nadie le quita el ojo de encima.

De Madrid a Pekín hay seis horas de diferencia. La ciudad está inmersa en una nube gris, mitad húmeda, mitad contaminación, que hace el aire irrespirable. Es una sensación de agobio continuo, de estar tragando directamente el humo de los miles y miles (¿millones?) de coches que viven en un atasco permanente. Da igual que sea miércoles o domingo, siempre hay coches, siempre hay tráfico, siempre tardas una hora o más en desplazarte de un sitio a otro.

Los olores definen a una ciudad. Es lo primero que te recibe cuando  tocas el suelo de un país diferente. Te entra por el olfato. Y aquí huele a antiguo, o a viejo, o a fritanga de comida misteriosa, o al humo de los coches, o a todo junto y revuelto.

La comida. Sabores asiáticos, pocos rollitos de primavera y mucho pato laqueado. Sopas insufribles, arroz para aburrir, trozos de carne de procedencia incierta y mucho, mucho Dim Sum, esos bollitos rellenos al vapor realmente deliciosos. Para beber, cerveza china: un botellín de dos tercios con un líquido que ellos llaman así, cerveza, pero que habría que analizar bien porque de eso tiene poco.

Pekín es una ciudad inabarcable. La cultura china es tan diferente, tan rica en todos los aspectos que es imposible siquiera una aproximación en los pocos días que estamos allí. Pisar Tiananmen, ver la Ciudad Prohibida a primera hora de la mañana sin turistas, visitar el Templo de los Lamas y hacer un recorrido por la Gran Muralla en un día soleado es un privilegio, pero vivir China es mucho más. Es introducirte en un mundo ajeno por completo al tuyo, sentirte una hormiga en el infinito, aprender sus costumbres, su forma de ver y entender la vida, sus ritos, sus tradiciones, su comida casera, su fuerte nacionalismo, su forma de hacer política... 

Vivir China es experimentar el salto mortal al capitalismo que ha dado en dos décadas y admirar los contrastes que hay en cada esquina, la proliferación de centros comerciales occidentales con todas las marcas de moda junto a los rancios mercados de falsificaciones y regateos constantes. El rico y el pobre en un salto de acera. Vivir China es sentir la pasión por el comercio y el desprecio evidente hacia las libertades y los derechos individuales. Recorrer calles comerciales bulliciosas y alegres, con estrechos callejones que se pierden a lo lejos entre el barro, el desorden y la podredumbre. ¿Qué habrá más allá? ¿Qué esconderán esas puertas tras el decorado de la calle principal? Aquí todo es un misterio, todo te invita a imaginar, a pensar, a reflexionar.

De algunos comercios de comida rápida china salen olores imposibles, difícilmente digeribles para un occidental recién llegado del otro mundo. Una cola de chinos aguarda para llevarse su ración.

Todo interesa, todo llama la atención. La manera de andar, de vestir, de hablar, de discutir, de regatear... En seguida calan que eres español y te llaman "tacaño", en castellano, ante un regateo imposible. "Tú eles un tacaño". Se ponen serios, discuten y cuando por fin alcanzas un acuerdo en el precio sonríen, porque solo estaban actuando: "Amigo, tú amigo, buen plecio solo pala amigo".

Gente trabajadora, sufrida, que tienen la ilusión por el futuro en los ojos. Dicen que en los organismos internacionales hay preocupación porque China en vez de seguir creciendo al 10 o 12 por ciento anual lo está haciendo al 7 por ciento. En España celebramos la salida de la crisis con un raquítico 1 por ciento, tras una fuerte recesión. Y yo miro a China sin ninguna envidia, es cierto, me gustan demasiado mi país, mi cultura y mi libertad para sentir algo parecido, pero sí la observo con el interés y la curiosidad  con que se estudia lo desconocido, lo extraño y lo ancestral.

(Quizás te interese también: "De Tokio a Malasaña")

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